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Editorial
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Cartas de Lectores
Las Sobras
¿Cuándo jugar deja de ser divertido?

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Hay ciertas actividades que requieren aprendizaje, experiencia, tiempos a largo plazo. Y otras que no. El ser humano no nace sabiendo cocinar un buen bife de chorizo (y tal vez nunca lo aprenda), pero sí distingue el pecho materno.
Un chico no conoce cuál es la capital de Filipinas (cosa que tal vez más de un participante de programas de preguntas y respuestas tampoco pueda responder), pero sí sabe respirar. Un nene de seis años probablemente no tenga la capacidad de discernir las diferencias entre la Modernidad y la Posmodernidad, pero sí sabrá cómo jugar. Aunque aprender las reglas, mejorar las estrategias y conseguir los resultados le lleven más o menos tiempo.

Porque todos saben (sabemos) jugar.

El juego es una actividad que acompaña al Hombre en cada instancia de su vida, en los momentos más disímiles y heterogéneos. Un bebé juega en la panza de su mamá, empujando la bolsa que lo rodea, pateando para hacerse lugar y provocar a ese otro que está un poco más allá. Esa misma personita, una vez expulsada al mundo exterior, comienza jugando a mirar objetos de colores, moviendo los dedos, riendo, llorando, haciendo berrinches. Y jugará también con cubos de colores, y rompecabezas, y muñequitos de He-Man, pelotas de fútbol, juegos de mesa, muñecas de Barbie y muñecas inflables.

Porque los juegos son muchos, y muy variados.

El chico irá creciendo y siempre jugará a seducir: a sus padres, a las compañeritas del colegio, al profesor universitario, a los alumnos, al verdulero de la esquina, al gerente de la compañía de telecomunicaciones que vino a ver cómo andaban las cosas por el país. Y esos juegos de seducción tendrán perfiles sexuales, consecuencias psicológicas, motivaciones morales y extra morales. Y se desvirtuarán, porque a veces los juegos se desvirtúan. Y el hermoso pibito cachetón que un día jugaba al ping pong con su tío, de repente tendrá barba y panza de cerveza, y perderá alguna que otra pequeña fortuna en el casino, o en las carreras, o en inversiones en la bolsa.

Porque los juegos, a veces, aunque sigan siendo juegos, dejan de ser divertidos.

Algunos juegos son de carácter riesgoso, y ese mismo riesgo consiste su eje vertebrador: una corrida de toros, una montaña o ruleta rusa (¡qué bien que saben divertirse las moscovitas!), una partida compulsiva de Black Jack, o un juego de manos.

Porque las manos intervienen muchas veces, desde agarrarse a trompadas a la salida del colegio hasta jugar pulseadas chinas, o mover las piezas de ajedrez en un tablero.

Hay juegos de palabras, y de números. Hay juegos matemáticos, sudokus, sopas de letras, “Buscando a Wally”, juegos Olímpicos, de lenguaje; y los hay en red, como las partidas de Counter Strike con amigos o completos desconocidos a los que asesinamos con saña, parapetados desde un rincón oscuro que nos ofrece una torre lejana, a modo de refugio.

Porque los juegos muchas veces son un refugio: para las ideas, para no hacer, para canalizar o sublimar, para ser quienes no podemos ser. Como en el teatro; como en los juegos de rol.

Jugamos por jugar. O no, a veces no tanto. Jugamos para ganar, para competir, para ser otros y aprender quiénes somos nosotros. Jugamos para aprender, y para poder equivocarnos. Jugamos a trabajar, o jugamos a que trabajamos, o tomamos el trabajo como un juego, o jugamos en el trabajo, o trabajamos en/desde el juego. Jugamos para entretenernos, para definir nuestra personalidad y entender la del otro. Jugamos para probarnos, para testearnos, para medir fuerzas y saber hasta dónde podemos llegar. Jugamos para definirnos, para establecernos, para poder no-explicar por qué jugamos.

Porque a veces jugar requiere que no expliquemos nada, ni siquiera las reglas del juego, sino que, simplemente, juguemos.





Año V
Número 27

NOTA de TAPA




Sección I

C. Ambrosini.
"El Heráclito de Nietzsche:
del pais paizon al ludus Dei
"


M. Ginzburg.
"El juego como competencia"

A. Mora.
"Del póker a la filosofía"

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Sección II

Cuestionario:
"3 preguntas a 3 jugadores"

R. Spregelburd >
S. Varela >
O. Guzmán >


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