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La frase: "Fútbol, pasión de multitudes" es quizás la mejor expresión sobre el sentimiento hacia uno de los juegos más populares. ¡Sí, leyeron bien!, dije la palabra: juego. Porque el fútbol, para los que todavía no lo tienen bien en claro, es un juego. Tiene reglas, participantes y todo eso que debe tener algo para que pueda ser denominado con el rótulo de juego.
Hay cuestiones que muchas veces resultan difíciles de ser explicadas y hasta entendidas. Me refiero a cómo un juego (en este caso, el fútbol), puede hacer que la pasión traspase todo límite. Ejemplos hay en demasía; alcanza con ver las crónicas policiales y comprobar la cantidad de peleas entre distintas hinchadas, los muertos que han dejado como saldo los distintos enfrentamientos, etc.
Claro, uno puede decir: “¡Yo no voy a la cancha!”, “Yo no soy el culpable de que haya tanta violencia en los estadio de Fútbol” o “¡La violencia es parte de la sociedad!”, y cosas así.
¿Pero qué sucede cuando ese énfasis que ponemos en el fútbol es tan grande que nos cierra los ojos, de tal manera que no nos deja ver otra cosa que el lugar en el que está la pelota? Es decir, cuando nuestro sentimiento hacia ese juego es tan grande que no nos interesa nada más que lo que ocurre dentro del campo de juego y con nuestro participante favorito.
Porque no debemos olvidar que los equipos son participantes de un juego. Hasta a mí me suena muy frío referirme a un equipo de fútbol, como "participante de un juego".
Hace poco tiempo en Argentina se conmemoraron los 30 años de la obtención del primer campeonato de fútbol, disputado en nuestro país en 1978.
Como generalmente sucede cuando (y todavía no logro comprender por qué pasa esto, pero de lo que también soy parte, porque estoy escribiendo sobre el tema), se festejan y/o se conmemoran acontecimientos importantes, pero más aún cuando esos acontecimientos cumplen cifras cerradas como 10, 20, 30, 100 y así podría seguir; todo parece cobrar mayor importancia. En revistas , diarios y programas de TV, se han hecho diversos informes al respecto. Desde un simple recuerdo de un campeonato logrado, hasta la memoria histórica. Entendiendo a ésta como a todo lo que rodeó a ese mundial.
Y dentro de lo que rodeó a ese mundial (además de la nefasta y siempre despreciable Junta Militar que gobernó al país), estaba también la gente.
La gente eufórica por una pasión que era tan difícil de explicar que, hasta miraba hacia otro lado y muchos no se querían hacer cargo de lo que estaba pasando en el país con los detenidos y los desaparecidos. No pretendo juzgar, ni condenar a nadie, lo que trato de entender es, como nuestras pasiones nos hacen actuar de tal manera que no queramos ver y comprometernos con otras cuestiones.
Mientras en el estadio del club River Plate se levantaban los brazos, se gritaban los goles del seleccionado nacional con toda la euforia que algo puede ser celebrado, a escasos mil metros de allí, funcionaba el mayor centro clandestino de detención durante la última dictadura militar: la ESMA.
Cosa curiosa, los que habían estado con los ojos vendados (a los detenidos por la dictadura se los mantenía con los ojos vendados durante su cautiverio) ahora no solo estaban en la ESMA, también se encontraban en el estadio.
Es cierto que existía todo un aparato propagandístico que era manejado por quienes estaban en el poder, y que era complejo y muy peligroso querer rebelarse contra lo que estaba pasando.
Lo más probable era no solo que no se lograra atraer la atención, sino también se corría el riesgo de transformarse en detenido y posible próximo desaparecido.
Pero a lo que voy es, cómo pueden ser manejados desde afuera los sentimientos.
Cómo es posible que se explote al máximo un juego para tener una mayor legitimidad.
Parece como si hubiesen estudiado los odios y temores más profundos de un pueblo que, en ese momento, levantaba los brazos y cerraba los ojos.
Esto fue, y es hoy en día lo más doloroso.
Incluso los protagonistas participantes, parecen haber quedado bajo la mirada de muchos, como si la obtención de un campeonato estuviese manchada por la historia.
Porque según muchos, esos futbolistas, fueron usados por la dictadura para tener más legitimidad.
Lo cierto es que, los sentimientos, muchas veces pueden levarnos al borde de la locura, desde un enamoramiento por una persona, hasta un enamoramiento por un juego como es el fútbol.
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Muy buena la revista. Sin embargo, me quedan algunas dudas con respecto a la nota de tapa, que no me termina de cerrar.
Soy ingeniero, en la provincia de Córdoba, y estoy acostumbrado a recibir críticas de amigos y mis propios hijos que se burlan de mí porque como todo arquitecto soy extremadamente estructurado y en ocasiones “muy cerrado”. Pues bien, he aquí mis preguntas.
La primera es cómo se hace desde una editorial para determinar qué entra y qué no en un número de esas caracretrísticas. Me refiero a que el debate entre modernidad y posmodernidad es amplísimo y no me imagino como se determina a quien se contacta y con que criterios. Esa es una gran duda como lector asiduo de la revista.
Después vienen mis preguntas específicas, más bien se las haría a los autores de als notas:
1) A Omar Acha: ¿que es lo que le hace pensar que vivimos en los estentores de una crisis, y que no estamos en un nuevo período, con características propias?
2) A Gabriel Cocimano: ¿Cómo llega a la conclusión de que hoy la revolución está privatizada y es una idea minúscula? Yo viví el Cordobaza, allá por el año 69, siendo todavía joven, y entiendo que la revolución era una gran idea que nos homogeneizaba a unos cuantos. Pero no me parece que esa idea haya sido, como usted sugiere, privatizada, sino que se vio afectada por nuevas realidades.
3) A los realizadores de Prometheus: ¿cuál es su propia posición sobre la posmodernidad. ¿Está viva o muerta?
Desde Córdoba les mando un gran saludo y los felicito por esta nueva publicación. 
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Ya leí casi todo el nº 26 de Prometheus. En efecto, me parece distinto.
Desde el punto de vista de la forma me parece mejor organizado: la distribución de los contenidos, la inclusión de las fotografías de los autores con su breve reseña al pie, la paginación, me resulta más clara y fácil de abordar.
Otra cosa: parece que cuando una revista se consolida, tiende al monográfico férreo. ¿Por qué? Supongo que, al tener un marchamo más conocido, es una forma inconsciente de sugerir profundidad, seriedad, y prestigio. Yo echo de menos un aire más abierto, menos monotema, más anarquía. ¡Mozart!
Por otro lado, la línea especialmente de los artículos dedicados al tema de la postmodernidad me ha resultado demasiado monocorde. No sé, supongo que vuestra realidad es muy distinta de la de aquí. Por otra parte, está claro para mí que tanto por el orden como por el espacio que le dais a los artículos, Prometheus es ya una revista más intelectual que literaria (aunque el cuento de la mamá, siendo muy truculento ¿se justifica eso narrativamente en este caso?, me gustó). El tema mismo de la posmodernidad me parece bien tratado, aun en una línea monócroma (izquierda autocrítica, lo mejor de la izquierda), pero no sé, aquí a mí al menos me suena como algo gastado. Pienso, por ejemplo, que es más actual el debate del relevo imperial (la caída de USA y el ascenso material y cultural de Asia). ¡El triunfo de Confucio!
Echo de menos un poco de humor, ¿es posmoderna la frivolidad?
Me parece que habéis logrado una revista seria, de calado, (incluso por el listón de los colaboradores).
En hora buena.
Un abrazo desde aquí abajo (o arriba). 
Año V
Número 27